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¿Por qué nos cuesta tanto entender el Compliance en España?


En un entorno jurídico cada día más complejo, las empresas y organizaciones de todo tipo están sometidas a obligaciones de cumplimiento normativo, al control de organismos reguladores y a obligaciones contractuales con terceros que implican un profundo conocimiento de los riesgos regulatorios y normativos de su negocio.

Implantar, y también controlar que funcione adecuadamente, un modelo eficaz de prevención de delitos repercute de forma directa y positiva en el crecimiento económico de las organizaciones. Es preciso adecuar las estrategias de las empresas al cumplimiento de las normas. Y no sólo porque así lo indique la ley, sino porque a la larga llegará a ser una exigencia básica de credibilidad en el mundo de los negocios.

Las compañías tendrán que evaluar su “apetito de riesgo”, elaborar un Código de Conducta o Código Ético de la Empresa y desarrollar políticas para cada una de las áreas de riesgo detectadas. Además, será preciso implantar procedimientos adecuados que detecten tempranamente y minimicen los riesgos en aquellas áreas críticas del negocio.

Pero todo esto no servirá de nada si el comité directivo no se asegura de que los empleados han recibido y entendido la formación que les permita evitar la corrupción y el fraude. Además, tendrán que poner a su disposición -y a la de sus proveedores, partners y clientes- un canal de denuncias, de gestión externa a la propia compañía, sobre incumplimientos legales o vulneraciones del código ético, como parte integrante del Plan de Cumplimiento y de la administración de riesgos, bajo los principios de inexistencia de represalias y privacidad.

Poner en marcha y gestionar correctamente un programa anticorrupción eficaz no sólo ahorrará a las empresas un 5% de sus ingresos anuales (que es la estimación de pérdidas por causa del fraude empresarial) sino que podrá suponer incluso una ventaja competitiva, porque el Compliance” o cumplimiento normativo ha llegado para quedarse.

De todos nosotros dependerá que hacer las cosas bien no sea sólo un trámite tedioso, costoso por lo recursos económicos y humanos que emplea y, por supuesto, obligatorio por ley. Son los máximos directivos de las empresas, como principales responsables, los que deben dar un paso al frente y encabezar el cambio, como una forma de entender que lo importante no es solo hacer las cosas bien, jugar limpio. Es además, sentar y generalizar los mecanismos de prevención y alerta para evitar que las cosas lleguen a hacerse mal. Porque así es como debe ser y porque, además, vale la pena el esfuerzo.

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